Un espacio de alumnos y graduados de la UNED creado para la difusión de recursos y contenidos de carácter científico sobre la variabilidad humana dentro del campo de la Psicología y sobre sus formas y escalas de medida.
lunes, 10 de enero de 2011
"Sin Conciencia"
Psicología Forense UNED: "Sin Conciencia":
No se trata propiamente de un libro sobre personalidad sino sobre psicopatología pero nos parece adecuado enviar este enlace desde nuestro blog de Psicología Forense ya que Robert D Hare, el autor del mismo es uno de los máximos expertos en la materia y puede ser de interés a los seguidores de este blog la lectura de este libro de tanta actualidad que es sin duda alguna uno de los libros más inquietantes e interesantes para conocer mejor el tema de la psicopatía.
domingo, 9 de enero de 2011
"Personalidad: Las Técnicas Proyectivas y la Grafología"
Autor LASRA, PALLISER
ISBN 9788493380571
Año Edición 2007
Páginas 385
Encuadernación Rústica
Idioma Español
Precio 32,00 €uros
Sinopsis
"Es para mi admirable que. se lance un libro en el que se unan las Técnicas Proyectivas, entre las que destacan los Tests Gráficos y la Grafología (El más asombroso Test que existe) y aborden el descubrimiento de la personalidad.
En el prologo se nos dice lo siguiente:
. Se buscan las características que los autores consideran importantes y para ello utilizan las bases de los grandes maestros, que citan: Jung, Freud, Rorschach, Exner y Heymans-Le Senne...
...Buscan, además, rasgos de la Personalidad Paranoide, Histriónica, Obsesiva, Esquizoide y Depresiva. Un camino en el que trabajan con Técnicas que por mi parte practico, admiro y respeto por la fiabilidad de las mismas: Utilizan el test de la Casa, del Árbol, de la Figura Humana haciendo después una comprobación entre los Tests Gráficos y la Grafología. Pero también la relacionan con el Test del Animal.
.¿Qué ofrece al lector el libro que tenemos en las manos? Es uno de los más importantes trabajos sobre el estudio comparativo entre la Grafología y los Tests Gráficos, donde entran en juego todas las técnicas citadas antes. Pero es que además analiza los movimientos grafológicos actuales y los más significativos maestros y sus teorías...
...Debo insistir que es una obra importante, salpicada de cuadros, como resumen a sus teorías y puntos de vista. La seriedad científica corre pareja con una descripción clarificante. Me ha sorprendido la profundidad y exactitud."
sábado, 8 de enero de 2011
Medida de la Inteligencia Emocional en las personas y las organizaciones
Hace ya más de quince años, el psicólogo Reuven Bar-On desarrolló un test para medir las facultades emocionales –el “EQ-i” (emotional quotient inventory)– pero, como se sabe, ha sido más recientemente Daniel Goleman quien ha disparado el interés por la inteligencia emocional y por su medida. Sin embargo, el propio Goleman parece tener reservas sobre la posibilidad de obtener, mediante un test, una medida rigurosa de las dimensiones de la inteligencia emocional. Por otra parte, la tradicional medida del CI –cociente intelectual– ha venido funcionando como discriminador engañoso al intentar predecir el éxito profesional: de ello nos alertaba David McClelland hace unos 30 años. En definitiva, sin renunciar a una aproximada medida del CE –cociente emocional–, hemos de ser cuidadosos con el uso de esta información. Recordemos además que la inteligencia emocional es bastante más desarrollable que la racional o cognitiva y, aunque no nos lo propusiéramos, típicamente mejora con el tiempo. Mucho más, desde luego, si nos lo proponemos.
Quizá no todos los expertos piensan en lo mismo al hablar de inteligencia emocional; por simplificar podríamos pensar en la capacidad que cada ser humano posee, o puede desarrollar, para generar resultados positivos en la gestión de sí mismo y en sus relaciones con los demás: algo que, sin duda, contribuye al éxito y la felicidad. De este modo, observando los comportamientos y los resultados podríamos deducir si una persona es emocionalmente inteligente o torpe. Obviamente, se puede ser “académicamente” inteligente pero emocionalmente no, y al revés; pero, a pesar de alguna circulante teoría de la compensación, no debemos descartar que se pueda ser sensiblemente inteligente en lo racional y en lo emocional, lo que es claramente deseable. No hace falta insistir en que el éxito académico se ve favorecido por el CI, pero el éxito profesional y social –sobre todo si pensamos en personal directivo– depende en mayor medida del CE.
Según Martin J. Yate, entre los profesionales que requieren mayor grado de inteligencia emocional están los directivos, pero también los psiquiatras, los docentes, los asistentes sociales, los relaciones públicas… Por el contrario, los informáticos, los técnicos de laboratorio o los contables no precisan tanta inteligencia emocional en su trabajo, aunque nunca está de más. La verdad es que a menudo uno llega a los 50 años pensando en lo magnífico que habría sido madurar a los 30 (o incluso antes). Podemos, sin más preámbulos, llegar a la conclusión de que a todos conviene mejorar en esta madurez inteligente que llamamos inteligencia emocional, y desde luego el mundo empresarial lo demanda visiblemente. Y, en el propósito de mejora, bien está que dispongamos de alguna medida de referencia.
Algunos tests conocidos:
Son varios los tests de medida de la inteligencia emocional que gozan actualmente de considerable prestigio y en el siguiente cuadro recogemos algunos de ellos (creemos que casi todos ellos están disponibles en español).
Quien esto escribe cumplimentó hace un año el primero de ellos y, “gozando” de un buen margen de mejora, tiene la sensación de haber mejorado ya en algunas de las dimensiones evaluadas. Mediante 133 preguntas, el “EQ-i” de Bar-On, ya muy experimentado, evalúa 15 dimensiones: autoconciencia emocional, asertividad, autoestima, autorrealización, independencia, relaciones interpersonales, responsabilidad social, empatía, resolución de problemas, conciencia de la realidad, flexibilidad, tolerancia al estrés, control de impulsos, felicidad y optimismo. Quizá resulte clarificador añadir que el modelo define, por ejemplo, la felicidad, como la “habilidad para sentirse satisfecho con la vida, de disfrutar de uno mismo y los demás y de divertirse”. Y define el optimismo como “la habilidad para ver el lado bueno de las cosas y mantener una actitud positiva, incluso ante la adversidad”. Podemos añadir que existe una versión para ser orquestada como evaluación-360º. (
El “MSCEIT” (Mayer Salovey Caruso Emotional Intelligence Test) trata de ser más riguroso en la medida; a diferencia del anterior, intenta poner a prueba las habilidades del individuo. Por ejemplo, presenta rostros de personas para que se identifiquen las emociones que transmiten. El test mide dimensiones referidas a cuatro áreas: el manejo de las emociones, su comprensión, su utilización y su percepción. Se dice que John Mayer y Peter Salovey fueron los primeros en hablar de “inteligencia emocional” (1989), y sabemos también que sus estudios inspiraron el trabajo posterior de Goleman. David Caruso, experto en el desarrollo de directivos, colaboró con Salovey y Mayer en la creación del “MSCEIT”, que viene a ser una nueva versión del anterior “MEIS” (Multifactor Emotional Intelligence Scale).
El “ECI” (Emotional Competence Inventory) de Hay-McBer, basado en los trabajos de Goleman y Boyatzis, es una herramienta de evaluación-360º; el test es cumplimentado, por lo tanto, por personas próximas al evaluado (hasta, al parecer, un máximo de 12). Proporciona información de 20 competencias, correspondientes a cuatro áreas: autoconocimiento, autogestión, conocimiento de los demás y habilidades sociales. Obviamente, este instrumento de medida se identifica con el modelo de inteligencia emocional de Goleman. Puede ser utilizado tanto para evaluar individuos, como para evaluar colectivos dentro de una organización.
El “EQ Map” de Q-Metrics es un test de autoevaluación (especialmente dirigido a directivos), es decir, contiene las claves para que el propio individuo obtenga su medida. Fue creado por un equipo liderado por Esther Orioli y Robert K. Cooper, basándose en el modelo desarrollado en el libro “Executive EQ” de Cooper y Sawaf. Mide 20 dimensiones encuadradas en cinco áreas: entorno habitual, conciencia emocional, competencias, valores y actitudes, y resultados. Este articulista recibió información más alentadora tras la cumplimentación de este test, que tras la cumplimentación del “EQ-i” de Bar-On, pero hay que recordar que se trata de diferentes modelos-conceptos de inteligencia emocional.
El “EIQ” (Emotional Intelligence Questionnaire) de Victor Dulewicz y Malcolm Higgs (del Henley Management College) ofrece también versiones para directivos: “EIQ:Managerial” y “EIQ:Managerial-360º”. Se trata, al parecer, del primer test de inteligencia emocional desarrollado en el Reino Unido y parece inspirado en el modelo de Goleman. Evalúa 7 dimensiones: autoconocimiento, consistencia emocional, motivación, sensibilidad interpersonal, influencia, intuición y determinación. Por cierto, el “EQ Map” también evalúa la intuición: una especie de sexto sentido. El lector nos permitirá prolongar la digresión con una definición de Francis E. Vaughan: “La intuición nos permite aprovechar la inmensa acumulación de conocimiento subconsciente, que incluye no sólo todo lo que uno ha experimentado o aprendido consciente o subliminalmente, sino también la reserva infinita de la conciencia universal, que trasciende los límites de la individualidad”. Cerramos la digresión y abrimos una reflexión.
Reflexión: cómo mejorar
Cabe ya preguntarse para qué medir la inteligencia emocional, pero la respuesta está en la mente del lector: para saber en qué debemos mejorar. Un ser humano emocionalmente torpe sería un ser humano incompleto. Centrándonos en la importancia de la inteligencia emocional en el trabajo, la referencia para identitificar las prioridades en la mejora serían las competencias requeridas por el puesto. Goleman apunta algunas competencias emocionales especialmente contribuyentes al buen rendimiento de un directivo.
Efectivamente, un buen conocimiento de sí mismo es fundamental en el personal directivo: el propio Goleman nos alerta contra el autoengaño. Algún éxito anterior podría confundir a los directivos (y a las personas, en general) sobre sus auténticos perfiles competenciales. Un estudio de Robert E. Kaplan viene a mostrar que los directivos que no digieren bien el éxito (arrogancia, sed de poder, necesidad de parecer perfectos, etc.) acaban fracasando. Obviamente, los directivos inteligentes digieren bien sus éxitos y aun sus fracasos.
Pero, una vez identificado en qué debemos mejorar, la siguiente pregunta es cómo podemos hacerlo; hay que decir ya que esto requiere tiempo: no se puede pasar de ser emocionalmente torpe a ser emocionalmente inteligente en cosa de días: ni siquiera de semanas. Por otra parte, el individuo debe estar absolutamente convencido de que vale la pena mejorar, y debe protagonizar el proceso, incluso aunque, como es recomendable, disponga de un buen coach. Ha de ser el propio individuo el que genere sus respuestas y conclusiones; un buen coach es consciente de ello y se dedica a inspirar nuestro progreso: nos nutren más las conclusiones que nosotros extraemos que las que nos dan extraídas.
La inteligencia emocional de la organización
Pues efectivamente, ahora que se habla de organizaciones inteligentes (aquellas que –por hacer una seguramente refutable pero breve definición– saben bien qué cosas hay que hacer y saben hacerlas bien, atendiendo a los resultados a corto y largo plazo), cabe hablar también de organizaciones “emocionalmente” inteligentes. Se dispone, por cierto, de cuestionarios para medir esto; por ejemplo, una versión del ECI, de Hay-McBer, o el BOEI (Benchmarking Organizational Emotional Intelligence), de la consultora MHS; aunque obviamente debe haber más cuestionarios igualmente valiosos.
Podemos convenir que una organización emocionalmente inteligente es aquella que actúa con eficacia incluso ante la adversidad, que es consciente de sus fortalezas y debilidades, que genera satisfacción en sus personas, que aprovecha todo el capital humano disponible, que persigue metas compartidas, que busca nuevas oportunidades, que comprende los sentimientos y puntos de vista de sus clientes y proveedores, que posee una estructura funcional flexible, que disfruta una eficaz comunicación interna y externa, que distribuye el poder de forma inteligente, que es sensible a las expectativas de sus clientes y de sus miembros, que persigue la mejora permanente y la innovación, que reduce la distancia entre el “nosotros” y el “ellos”, que ofrece un clima de confianza y de sinérgica colaboración… Nada que ver con la organización “dilbertizada” que nos caricaturizaba Scott Adams en “El principio de Dilbert”.
Conclusión
En beneficio propio y de nuestro entorno social y profesional, todos podemos mejorar nuestro perfil, y la inteligencia emocional nos muestra un buen camino. Un primer paso consiste en conocernos mejor a nosotros mismos, y a este fin nos pueden ayudar algunos de los tests disponibles. Hemos insistido en que la inteligencia emocional ha de considerarse a nivel individual y colectivo.
Creemos que la duradera prosperidad de las empresas demanda una inteligencia colectiva, tanto en su aspecto cognitivo como en el emocional que aquí nos ocupa. La deseable plenitud de una organización –como la del propio ser humano– pasa, sin duda, por ambos aspectos.
En definitiva, midamos para saber en qué debemos mejorar y evaluemos luego los progresos. Quizá no deberíamos limitar la mejora al nivel requerido por el puesto que ocupamos, pero sí conviene marcar y respetar prioridades. No podemos ser perfectos, pero sí podemos ser mejores y el esfuerzo es muy rentable.
© José Enebral, 2001.
Todos los derechos reservados. Puedes redistribuir, reenviar, copiar o citar este documento siempre que no lo modifiques y no lo uses con fines comerciales.
Debes incluir esta nota, así como el nombre José Enebral, el correo
jose.enebral@fycsa.es y la dirección www.gestiondelconocimiento.com
jueves, 6 de enero de 2011
Somos (casi) iguales
Publicado originalmente en el diario El País por Malen Ruiz de Elvira:
En todos los idiomas hay palabras diferentes para nombrar el hombre y la mujer, pero no es habitual pararse a pensar en algo que parece tan obvio. Claro que si se relaciona esta dualidad de género en el lenguaje con que la mayor diferencia que se ha constatado entre hombres y mujeres es su sentido de la identidad sexual, que a su vez se relaciona con mecanismos neurológicos que dan lugar a comportamientos distintos en los dos sexos, ya el tema llama más la atención. Y si estas diferencias se relacionan con la inteligencia, suele surgir directamente la polémica.
Los neurocientíficos y neuropsicólogos están detallando, sobre todo mediante estudios de imagen, los parámetros cerebrales relacionados con la inteligencia y otros aspectos del conocimiento humano y están de acuerdo en que se han puesto de relieve desigualdades en el cerebro entre hombre y mujer, así como posiblemente formas distintas de utilizar el cerebro por parte de cada uno de los sexos. La polémica suele originarse, aseguran, porque el público tiene una información incompleta o sesgada de estos hallazgos, que se suelen trivializar o instrumentalizar de forma inadecuada.
"Que las diferencias anatómicas tengan una repercusión funcional en la capacidad intelectual no está nada claro", resume Roberto Colom, catedrático de Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid. "En general, no hay diferencia en promedio entre sexos en lo que es el núcleo duro de la capacidad intelectual, pero se puede encontrar una diferencia menor en algún tipo de capacidad específica".
Ejemplos: las mujeres son mejores, de media, en las facetas del lenguaje, sobre todo respecto al habla, y los hombres en el procesamiento espacial (por ejemplo, rotar objetos con el pensamiento).
"La ciencia muestra claramente que no existe diferencia en la inteligencia general entre el hombre y la mujer", concuerda el experto estadounidense Richard Haier, quien advierte sobre cómo interpretar las desigualdades detectadas en capacidades específicas: "Son disparidades respecto a la media y eso no se comprende bien y hay que destacarlo".
"No quiere decir que las mujeres no puedan rotar mentalmente y hay muchas mujeres que lo hacen mejor que muchos hombres, pero hay más hombres que lo pueden hacen mucho mejor", detalla Haier con paciencia. "Se sorprendería de cuanta gente no entiende esto", remacha.
Un recurso para entenderlo es el ejemplo de la altura. Como media, los hombres son más altos que las mujeres, pero hay muchas mujeres que son más altas que muchos hombres. Existe un solape, al igual que en las habilidades mentales hay un solape considerable entre hombres y mujeres, incluso cuando se encuentra una pequeña desigualdad en la media.
A la altura recurrió curiosamente también Melissa Hines, de la Universidad de Cambridge, para cuantificar las desigualdades entre sexos, en un reciente congreso sobre el tema, de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO) en Heidelberg. Si la diferencia de altura media se representa por un 2, la identidad sexual básica (considerarse hombre o mujer) es mucho mayor (11), seguida de la orientación sexual (6) y el comportamiento infantil en el juego (2,7). Por debajo están la agresión física, la personalidad definida por medidas de dominancia y empatía, y en el escalón inferior está lo relacionado con la capacidad cognitiva. La diferencia en fluencia verbal se representa por un 0,3 mientras que la de rotaciones mentales por un 0,9.
Así que las diferencias cognitivas son pequeñas, menores que las que se dan en el comportamiento en el juego, en plena fase de desarrollo (los niños prefieren los balones y las niñas las muñecas, por simplificar). Esta distinción, a pesar de las directrices actuales de igualdad, sigue apareciendo en los experimentos como factor en el desarrollo de género. Hines las ha estudiado incluso en monos, y los machos se inclinaban por juguetes diferentes y más "de niños" que los escogidos preferentemente por las hembras.
Las matemáticas y las carreras científicas en general son otro tema de debate.
"Es bien conocido que existen más hombres que mujeres en algunas áreas científicas, es verdad en física, ingeniería y matemáticas", recuerda Haier. "La razón es objeto de polémica. Hay datos que sugieren que hay más hombres en la cumbre de la habilidad matemática, de la representación espacial. Estas son habilidades importantes para estas especialidades. No quiere decir que las mujeres no puedan hacerlo, y hay mujeres que son iguales de buenas, pero parece que hay menos mujeres".
Donald Pfaff, de la Universidad Rockefeller (EE UU), estuvo de acuerdo en el congreso de Heidelberg: "En las culturas en las que hay prácticamente igualdad de género no hay diferencias en la media, solo se detectan en el extremo superior, en personas de gran habilidad matemática". Pfaff señala que los experimentos indican que en el desarrollo de estas habilidades influyen tanto los genes como las hormonas y el ambiente, especialmente en el periodo neonatal y en la pubertad.
Los datos se pueden interpretar de muchas maneras y los especialistas en este tema están acostumbrados a que sus conclusiones y sus hipótesis produzcan polémica. Un ejemplo se refiere a la relación entre habilidades mentales y vocación. De las chicas que son muy buenas en matemáticas, dicen, muchas se convierten en médicos, no en matemáticas o ingenieras. La hipótesis, no aceptada generalmente, es que las mujeres prefieren trabajos en los que se relacionan con gente, mientras que los hombres prefieren relacionarse con cosas.
Colom ha revisado, junto a una colega, casi todo lo que se ha hecho en el mundo respecto a rasgos de personalidad en hombres y mujeres y encontró una única diferencia, en general: "Los chicos tienen tendencia a una mayor instrumentalidad y las chicas a una mayor expresividad", resume. Dicho de otra manera, los hombres tienden más a poner su personalidad, su forma de ser, al servicio de un objetivo, mientras que las mujeres dan más valor a la expresión de emociones, a la comunicación, por su propio valor más que por servir para un objetivo.
¿Y la agresividad? Está incluida en la instrumentalidad. El varón tendería a utilizar más la agresividad, y también la dominancia, como medio hacia un objetivo.
Relacionar las diferencias físicas con las diferencias en la capacidad cognitiva, normalmente, para minusvalorar a las mujeres, tiene una larga historia, y la escritora y científica Cordelia Fine se muestra muy crítica con casi todas las teorías modernas en su reciente libro Delusions of Gender. Para Fine, lo que existe es neurosexismo, más que datos de verdad, porque el tema es tan complejo como fascinante.
Pero la disparidad anatómica está ahí. "En el nivel anatómico hay diferencias muy sustanciales entre chicos y chicas. Esto lo saben muy bien los médicos, cuando ven el efecto distinto de los medicamentos en los dos sexos" explica Colom. "Los hombres tienen más asimetría hemisférica, hay una división más acusada de funciones, el hemisferio izquierdo y el derecho están más separados a nivel funcional que en las mujeres", añade. "En las mujeres hay mayor comunicación entre ambos hemisferios, son más flexibles". Esto explica que un traumatismo o derrame cerebral afecta más a ellos que a ellas.
Por eso, el estudio de estas diferencias anatómicas y de sus repercusiones funcionales puede resultar muy importante para estudiar la progresión de enfermedades neurológicas y la rehabilitación tras daños cerebrales. Pero también están los temas no médicos, como comprender cómo surgen las vocaciones, la optimización de estrategias educativas para los estudiantes y muchos más.
"La utilidad específica de estudiar diferencias por sexo en capacidad intelectual, personalidad, emociones y demás es: primero, ganar conocimiento y, si puede ser contrastable, mejor, y segundo, contribuir a que se comprendan mejor fenómenos como el del maltrato. ¿Por qué sucede en España esto, que es ya un mal endémico? A lo mejor no lo estamos haciendo bien", reflexiona Colom.
"Estudiar las diferencias entre sexos es importante, pero no para saber por qué los hombres no preguntan las direcciones ni por qué las mujeres compran de forma totalmente diferente, sino para investigar si existen dos arquitecturas cerebrales básicamente distintas", dice Haier.
En los estudios de inteligencia por imagen cerebral se ha investigado la relación entre la cantidad de materia gris en diferentes partes del cerebro y la inteligencia, así como si aumenta el espesor de la materia gris con el aprendizaje, ya que las técnicas actuales permiten detectar diferencias de fracciones de milímetro.
En un estudio se quería saber si cuando hay más materia gris se obtiene mejor puntuación en el cociente intelectual (CI). Un estudio de Haier hecho en 2004 sobre casi 50 personas (mitad hombre, mitad mujeres) efectivamente encontró una relación directa en algunas áreas del cerebro. "Esto fue muy emocionante, pero luego reanalizamos los datos por separado para los hombres y las mujeres. Pensábamos no encontrar diferencias por sexos para un mismo CI, pero sí las encontramos y fue muy sorprendente".
Lo que encontraron es que en los hombres hay una relación más estrecha entre la materia gris en el lóbulo parietal y la inteligencia, y en mujeres la relación es respecto al lóbulo frontal. Estos datos sugieren que hombres y mujeres tienen arquitecturas cerebrales diferentes aunque muestren el mismo CI, lo que indica que consiguen lo mismo por redes cerebrales distintas.
Colom es escéptico respecto a que las desemejanzas halladas tengan una repercusión funcional. "Yo diría que no", dice. "Los estudios que hay no son los adecuados, no se hacen todavía sobre una muestra de la población general, aunque se harán y entonces lo sabremos
"Si esto es verdad, aunque no estamos seguros de que lo sea", reconoce Haier, "es importante saberlo para dirigir, por ejemplo, la rehabilitación tras los daños cerebrales".
Definición provisional de la inteligencia
La definición de inteligencia consensuada por la comunidad científica es muy sencilla, explica Roberto Colom, catedrático de Psicología: "Es la capacidad de razonar, resolver problemas y aprender". Lo importante del concepto es que integra muchas cosas diferentes y tiene un carácter general.
Definir (y medir) la inteligencia es objeto de debate todavía, pero los especialistas relativizan su importancia, ya que, dicen, en cualquier campo de la ciencia la definición siempre es provisional, mientras aumenta el conocimiento a través de la investigación. En general, la medida de la inteligencia es el reflejo de diferencias individuales en el aprendizaje y en la memoria, dice el experto estadounidense Richard Haier, para quien "se puede progresar en la investigación sin una definición precisa de inteligencia, como pasa en genética sin la definición de gen, o en el estudio de la vida, que no la tiene. Siempre cambian las definiciones".
En los experimentos de estimulación intelectual, las áreas en las que se observa un aumento de materia gris son las relacionadas con funciones básicas: el aprendizaje, la memoria, la atención.
Lo que pasa es que hay diferentes tipos de habilidad intelectual, existe una inteligencia general y otras más específicas, como la relacionada con la rotación mental en tres dimensiones de un objeto, que no es lo mismo que la acumulación de saber que tiene un erudito. Y además, existen personas que tienen la habilidad de recordar secuencias de miles de números y esta habilidad va a menudo acompañada de retraso mental en otros aspectos.
Pero no se puede olvidar, dice Colom, que no hay dos cerebros iguales. La variabilidad en los cerebros humanos es un problema que complica los estudios en neurociencia, ya que para comparar hay que buscar una media, una referencia, y esta es muy difícil de establecer. Ni siquiera los cerebros de los gemelos univitelinos son idénticos.
sábado, 1 de enero de 2011
Phineas Gage: Historia
Cargado por raulespert. - Vídeos sociales y ecológicos.
El caso de Gage está considerado como una de las primeras evidencias científicas que sugerían que la lesión de los lóbulos frontales podía alterar aspectos de la personalidad, la emoción y la interacción social. Antes de este caso (y bastante tiempo después) los lóbulos frontales se consideraban estructuras silentes (sin función), y sin relación alguna con el comportamiento humano.
El neurólogo Antonio Damasio ha estudiado en profundidad el caso de Phineas Gage así como otros casos similares. En la "teoría del marcador somático" sugiere que existe una relación entre los lóbulos frontales, la emoción y la toma de decisiones. Así mismo considera este caso como histórico por creer que fue el comienzo del estudio de la base biológica del comportamiento. También fue clave en la profundización en el conocimiento del caso de Phineas Hanna Damasio (mujer del anterior) y en concreto de la posible localización de sus lesiones; ya que utilizó los restos del cráneo y la barra para hacer una simulación por ordenador de la posible trayectoria de esta, concluyendo que la barra había afectado la zona medial de ambos lóbulos frontales.
Igualmente el caso de Gage también es un pilar básico en el concepto de "funciones ejecutivas". Las funciones ejecutivas son aquellas que nos permiten dirigir nuestra conducta hacia un fin e incluyen la capacidad para planificar, llevar a cabo y corregir nuestra conducta.
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